Si se reparte comida gratis nunca habrá comida suficiente.

      Una de las más emotivas escenas de la #AcampadaSol fue cuando ciudadanos anónimos fueron acercando comida para que los acampados pudieran alimentarse. Con el tiempo se montó una cocina y un comedor, y todos los días, al desayuno, comida y cena se repartía comida gratis a todo aquel que se pusiera a la cola con su puchero para alimentarse, en apropiado uso de castellano, de la sopa boba.
         Esta fila de alimentación se repitió día tras día por la mañana, tarde y noche, cada vez fueron más los acampados que había que alimentar, cada vez más los voluntarios que se unían, y también cada vez fueron más los curiosos que se acercaban a la plaza y ya que estaban se unían a la comida comunitaria.
         …Hasta que empezaron a aparecer mendigos que se ponían a la cola esperando obtener un plato de comida en pleno centro de la ciudad. Había comida gratis que se repartía a todo aquel que se pusiera con un puchero, los mendigos ya no tenían que ir ni a los comedores sociales ni tendrían que seguir pidiendo en la calle, con acercarse a Sol había comida gratis.
         Estos mendigos desataron un complejo dilema moral para los acampados; por un lado ellos eran buenos, y querían ayudar a los pobres, además la comida no era suya que se la estaban regalando personas anónimas. Por otro la presencia de los mendigos era molesta (a qué negarlo) amén de que no habría comida suficiente para alimentar a todos los mendigos de Madrid y a todos los acampados.
         Tras varias asambleas se decidió que no iban a alimentar nada más que a los acampados que estaban allí por motivos ideológicos, esto es, que tan solo los que sí tenían un techo y una comida fuera de la Puerta del Sol pero elegían no tomarlo tendrían derecho a alimentarse en la Puerta del Sol, mientras que los que eran pobres de verdad deberían buscarse su comida en otra parte. Para ello se decidió que cada comisión informase del número de comensales a la comisión de cocina antes de preparar la comida y se alimentaría a esos y solo a esos.
         En una obvia lección económica aprendida a un alto coste: la demanda de los bienes gratuitos tiende a infinito.


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