La muchacha.

    Apenas tenía 18 añitos cuando entró a trabajar en la casa de los señores. Por aquel entonces el señor todavía vivía, no eran tan mayores (aunque a ella ya se lo parecían) y quedaban tres de los cinco hijos viviendo en la casa.
    Ella era una chica inteligente pero no estudiosa, y ante la falta que hacía en casa algún ingreso más, se puso a trabajar en cuanto terminó el bachillerato. Podría haber ido a la universidad, pero ni había dinero para ello ni ella tenía voluntad.
    Al principio todo fue aprendizaje y dificultades. No sabía cocinar y preguntaba a su madre todas las tardes cómo preparar lo que la señora le había dicho que comerían mañana. Muchos platos hubo que tirarlos, claro. También tuvo que aprender a limpiar la plata y las costumbres de la casa. 
   Así es como empezó a trabajar la muchacha. De esto hace ya 31 años. Ya no es ninguna muchacha Mariana. Se casó, tuvo dos hijos, y una vida pasó entre su casa y esa otra casa donde trabajaba.
   ¿Contrato? Ni lo preguntó cuando entró, ni lo han echado en falta en más de tres décadas.
   Nunca han tenido ni un solo problema por el salario o por las vacaciones o por los horarios. Ella entendía cuánto podía pagarle la señora. La señora procuraba pagarle todo cuanto podía, pues sabía la importancia de tener a Mariana en la casa.
   Pasaron los años (!31 años¡), el señor murió, los hijos se fueron de la casa, la señora se hizo mayor, y fueron pasando una vida juntas. Mariana pasó a ser parte de la familia, una parte importante.
   Y con los años empezaron las dificultades. La una cada vez faltaba más al trabajo pues tenía que atender a su familia, sus propios padres estaban enfermos. La otra cada vez se volvía más maniática y se hacía más difícil la convivencia con ella, la edad, ya se sabe. Pero ellas se entendían, ya era toda una vida juntas. Nunca, en estos 31 años, tuvieron un solo problema por el contrato, el salario, o las condiciones de trabajo.
  …Hasta que llegó un presidente del gobierno “salvador” y “bienintencionado”, que quiso acabar con esta situación de “explotación”. Y decretó que debían darse de alta en la Seguridad Social todas las empleadas del hogar.
Y ahí empezaron los problemas. Hasta el momento la señora pagaba a Mariana 60 maravedís al mes, y ambas estaban contentas con este acuerdo. Pero a partir de ahora había un tercero al que había que pagar todos los meses: la seguridad social; que exigiendo un 22% del salario de Mariana (aunque no fuese a trabajar) suponía que o Mariana cobraba ahora 13 maravedís menos, o la señora tenía que pagar 13 maravedís más. Y 13 maravedís al mes más son muchos maravedíes para quien está jubilada y vive de su pensión ya apurada. 13 maravedís menos al menos son muchos menos para quien tiene que mantener a sus dos padres y a sus dos hijos adolescentes y cuyo marido está de baja. ¿Quién paga ahora esos 13 maravedís?
Los paga la señora, como dice la ley, pero el resultado es que una piensa que paga mucho por el trabajo de Mariana, y sabe que no podrá subirla el sueldo en mucho tiempo. Mariana cree que le paga poco por todo lo que trabaja. Y ambas tienen razón, pues entre ellas media un 22% del sueldo que se lleva la administración.
    Y cuando se pusieron a elaborar un contrato volvieron a surgir los problemas, ¿cuántos días de vacaciones tenía Mariana? Normalmente la señora se iba todo agosto de veraneo y ella descansaba. Pero algunos días Mariana iba a ayudarla, y estos días se le compensaban con una semana en julio o según la conviniera. Era un acuerdo oral el que por más de 30 años el que les venía funcionando; cuando ahora lo tenían que explicitar no se aclaran, si lo dicen por meses, por semanas, o por días. ¿Hacía falta? Ellas hasta ahora se entendían. Ahora surgen los recelos y las rencillas. Tras 31 años de convivencia pacífica.
En esta historia hay un villano muy, muy malo (el gobierno), dos damas apuradas, ya nos faltaba el héroe. Hace ahora su aparición en bello corcel, con sombrero blanco y porte destacado. 
Él es quien se ofrece a ayudar a las damas en la tramitación de los documentos. Pues no contentos con llevarse su 22% los del gobierno además exigen formularios y cumplimientos, haciendo que pagarles sea todo un logro y días de trámites en largas colas y enfrentarse a funcionarios.
Va nuestro héroe, resolutivo y decidido, a un primer edificio, y tras aguantar una larga cola junta a otros héroes y algún villano le informa el esbirro del soberano que no, que ese edificio es el de la Seguridad Social, sí, pero del Instituto Nacional de la Seguridad Social, que las altas de las damas se tramitaban en el edificio de la Tesorería General de la Seguridad Social, que aunque sonaba casi igual era algo completamente distinto. Primer desbarre administrativo.
Recoge aparejos nuestro héroe, enfunda lanza, monta corcel; cabalga hacia el castillo donde le han dicho que habitan los que quieren desfacer la tranquilidad del hogar de las damas, de la señora y Mariana.
   Y al divisar en lontananza el edificio, que en una esquina de la ciudad abandonado estaba, observa una larguísima fila de campesinos que justicia reclaman. Una fila larga, larga, larga. Larga como los sermones de domingo en fiesta de guardar, larga como los formularios que debería rellenar.
       Y nuestro héroe se arma de paciencia, y bajo un sol de justicia espera. Espera una mañana, una tarde, toda una jornada espera. Y mientras espera departe con quienes le acompañan en la cola de indignación y paciencia. Empleadas del hogar a las que las obligan a regularizar y no quieren. Empleadores del hogar que no pueden perder toda una jornada laboral. ¿Y para qué se hace esto? El pueblo lo tiene claro: para recaudar.
     Y en la cola que se forma surge el humor, surgen las bromas. Pagaremos, nos tendrán todo el día en una cola humillante, no solucionaremos ninguno de nuestros problemas, pero cuanto menos, ¡nos reiremos¡ Es el humor el único remedio que nos queda.
¿Cuáles son las enseñanzas económicas de esta historieta? ¿cuáles las moralejas?
     >Que si en una relación entre dos personas (y más en una tan íntima como es la que se establece entre empleada del hogar y empleadora); interviene el Estado, la relación se distorsiona y empeora.
    >Que si se cobra un 22% de impuestos, la posibilidad de llegar a un acuerdo disminuye mucho.
    >Que todas las medidas llenas de buenas intenciones tienen siempre efectos no deseados, y que cuando se intenta ayudar a alguien sin contar con ellos (en este caso las empleadas del hogar), normalmente se les perjudica.
    >Que la gente está muy harta, de pagar impuestos, de hacer colas, de ser expoliada por el Estado; y que aunque todavía no hagan nada, cuanto menos ya se ríen de los gobernantes; el respeto ya se ha perdido.
   

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